Me parece más que lamentable que, a estas alturas del siglo XXI, sigamos debatiendo si el aniversario del llamado “descubrimiento de América” debe celebrarse, cuestionarse hasta bombardear una escultura, simplemente recordarse o mandarse al a-ver-no del olvido.
Explosión de la escultura de Cristóbal Colón
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Según las “monografías” que usábamos en la primaria para hacer la tarea, el 12 de octubre de 1492, un genovés de nombre Cristóbal Colón, descubrió América. Nos cuentan que la reina Isabel de Castilla, cabeza de la monarquía hispana, vendió sus joyas y “armó la vaquita” para enviar a este navegante, que sonaba medio loco, a cruzar el Atlántico tratando de llegar a China.
Lo que sabemos sobre este proceso está cargado de mitos. Primero, América no pudo ser descubierta por Colón porque no existía. Sí, había una gran masa continental que los europeos creyeron descubrir, porque no la conocían. Ni los propios habitantes del “Nuevo Continente” tenían idea de sus dimensiones y la enorme diversidad de pueblos que lo habitaban. En efecto, la naciente monarquía española buscaba la famosa ruta de la seda, no solo por estas telas maravillosas, sino principalmente por las especias (clavo, canela, comino…) que permitían la conservación de los alimentos por tiempo prolongado.
Tampoco viajó Colón en tres carabelas (la Niña, la Pinta y la Santa María). En realidad eran dos embarcaciones ligeras y rápidas, carabelas, y una nao, más grande y pesada. Hemos leído o escuchado que entonces los europeos creían que la tierra era plana, muchos lo creen hasta la actualidad. Sin embargo, los griegos del siglo VI a. C. ya describían la forma esférica de nuestro planeta; en la literatura monástica, las universidades medievales y después durante el Renacimiento se reconocía esto mismo.
En aquel momento, las dos mayores potencias comerciales y militares eran España y Portugal, que además tenían conocimientos matemáticos y de navegación superiores a los de otras regiones de Europa por la importantísima influencia árabe en sus territorios. Misma que fue posible porque algunos reyes facilitaron el intercambio de conocimiento entre judíos, musulmanes y cristianos.
A éste, que más que descubrimiento fue encontronazo militar y cultural siguió una conquista brutal y sanguinaria. Sobre todo en las primeras décadas, el dominio de las islas del Caribe y de las primeras regiones de la América continental, fue desbastador, al grado del material exterminio de la población nativa. Misma que se complicó por el intercambio de microorganismos. Las epidemias, complementadas con el hambre y la sobreexplotación diezmaron el número de habitantes en buena parte del continente.
Volvemos a la pregunta inicial. Al respecto todas las opiniones son respetables, pero no todas tienen el mismo valor. Hay ideas sustentadas y otras sin sustento. Comencemos por la denostación y el enojo. Dañar una escultura por frustración y seguir criticando la conquista española de las desigualdades y abusos contemporáneos es como si un adulto siguiera culpando a sus padres por no tener empleo o por su incapacidad de establecer relaciones sólidas y amorosas.
Celebrar tiene sentido para algunos españoles. Contaron con una casi ilimitada provisión de oro, plata y materias primas durante alrededor de 300 años, tierras para una población sin esperanza en la metrópoli tratando de convertirse en “señores” simplemente por cruzar el Atlántico. Si hay americanos que se sientan identificados con esa postura y se quieren tomar un vino con unas tapas de jabugo o un gran plato de paella, dense.
Borar la historia
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En cualquiera de los casos, tenemos que separarnos de lo que sucedió. Ninguno de nosotros estaba ahí. No NOS conquistaron. Nadie, hoy, debe gratitud ni disculpas por las acciones que otros realizaron hace más de quinientos años. En cualquier caso, lo peor es la desmemoria. EL PASADO NO PUEDE MODIFICARSE. Lo que sucedió no cambia aunque queramos olvidarlo, nos inventemos teorías para “liberarnos”, renombremos las calles o lugares históricos o mintamos descaradamente sobre lo acontecido. Si olvidamos, no entenderemos y si no entendemos, no podremos resolver las insultantes desigualdades que, EN EL PRESENTE, asolan a los países latinoamericanos ni enfrentar a las aves de rapiña que en ESTE MOMENTO revolotean en busca de sus recurso (agua, tierra, petróleo, litio).
La solución no está en “reinterpretar” un PASADO que, insisto, NO PODEMOS CAMBIAR, sino en enfrentar con responsabilidad, información y consciencia los retos de HOY.