Remando por el barrio de Santa Anita
Yo vivo en Iztapalapa y ocupo mucho la línea 8 del metro de la Ciudad de México. Como soy historiadora, me encanta imaginar lo que hubiera sido transitar por los mismos caminos en otros tiempos. Mi casa está en una zona chinampera. En la época prehispánica, habría tenido que tomar mi canoa para viajar a la Gran Tenochtitlan donde vendería maíz, frijol, calabaza, chile, flores y quizá algunos productos lacustres: mosquitos para los pájaros, peces, plumas y demás.
Muy probablemente habría tenido que seguir una ruta parecida a la del metro siguiendo los islotes donde se asentaron los pueblos de Iztacalco, Zacatlalmanco (hoy Santa Anita), Mixiuhca… hasta llegar al tianguis que se encontraba en el barrio de Zoquipan (la Merced) o al mismísimo Tlatelolco.
No habría sido muy diferente en la época virreinal salvo que, por la desecación lacustre, esas pequeñas islas comenzaban a convertirse en tierra firme. En lugar de los lagos, me habría encontrado con el canal de la Viga para llegar a la ciudad de México de estas latitudes, mismo que funcionó hasta inicios del siglo XX.
Entre las paradas casi obligadas estaban el pueblo de Santa Anita, que recibió el nombre de la madre de la Virgen María y abuela de Jesús, o en el Mercado de Jamaica para echarme de menos unos esquites o un tlacoyo. Zacatlalmanco, nombre prehispánico, dependía de Iztacalco, que había sido fundado hacia 1306. antes de que los mexicas erigieran Tenochtitlan. Después de la conquista, dado que la cabecera política y religiosa fue evangelizada por los franciscanos, puedo suponer que Santa Anita también. Sin embargo, no encontramos un convento, como el que tiene Iztacalco. Únicamente se conserva la iglesia que, como en muchas ciudades y pueblos, está frente al parque principal, hoy llamado Plaza Hidalgo.
Tristemente, de vuelta en el presente, nada queda del pueblo original, poco de la época de los virreyes. La iglesia, por lo tanto, aparece como la raíz e identidad del barrio. El templo fue construido en 1777 con su clásica portada estípite, característica del barroco de esos tiempos. La decoración es de argamasa, muy usada en el arte popular ya que abarataba los costos de construcción en comparación con las tallas en piedra. Eso no mengua su calidad, al contrario, cuando tomé la foto el sol era perfecto para ilustrarnos sobre el porqué de tan rica decoración. El objetivo era generar fuertes contrastes de luz y sombra que cambiaran a lo largo del día y del año.
La planta es de una sola nave, es decir, un solo corredor o bloque rectangular que va de la entrada al presbiterio, donde se oficia la misa. Cuenta con un retablo barroco estípite hecho de madera recubierto de oro. La cúpula y ventanas dan una intensa iluminación al interior y al centro del retablo se encuentra a Santa Ana.
Como fui pocos días después de la fiesta de Guadalupe, que se celebra el 12 de diciembre, la iglesia estaba decorada con retablos coloridos hechos de semillas en honor a la guadalupana entre otros adornos característicos de las celebraciones locales.
Donde menos te esperas salta la liebre; en el rincón más insospechado te encuentras maravillas como ésta que, si quieres, puedes visitar con nosotros. Déjanos tus comentarios para que nos cuentes qué te pareció nuestra publicación y nos propongas de qué lugares te gustaría que publicáramos.